Las vistas

Pero antes de que tú te quisieras dar cuenta, yo ya me había ido.

Antes de que tú hablases del amor, a mí ya me había matado.

Pero tu boca, tu risa, tus manos y tú erais demasiado apetecibles para quien se le ha olvidado amar. Para quien se le ha olvidado querer. Por eso quise ser tu caos perfecto, tu café de las cinco o tu copa de las tres. Y quise desnudar tu cuerpo y tus miedos. Porque sabía que mis días estaban contados, y por eso decidí solo aparecer de noche.

Yo solo quería robarte, discúlpame, a ratos el corazón.

Pero jamás traté de que te enamorases, te advertí, copa en mano y cintura en boca, que yo ya lo había probado. Que hay veces que los precipicios, por más que se vean apetecibles, tienen mejores vistas desde arriba. Porque la ostia desde abajo, cuando menos, duele. Y tú y tus 25 sabíais al cóctel perfecto. Pero como ya te he dicho, me he emborrachado con más de una boca. Y he roto más de un corazón.

Así que cariño, te escribo esto ahora que estamos a tiempo, ahora que dolería poco y que bastarían un par de cuerpos para dejarnos atrás.

Te escribo esto ahora que me daría pena, pero no desgarro.

Aunque sé que, con el infortunio de quien es adicta como yo a darse de bruces, leerás esto cuando, en plena caída, te hayas dados cuenta de que las vistas eran mejores desde arriba.

 

Yo solo vine para que tu “vivir sin peligro” cobrara sentido,                                                             y me lo cobré en tu boca.