Rafael Alberti, adios y sin pena

PATRICIA FERNÁNDEZ MONTERO 
Madrid 28 NOV 2018 19:04

Yo, que desde mi humilde habitación en la sierra de Madrid, me deshago en versos y amor por Federico García Lorca, no podía hoy dejar pasar la oportunidad de rescatar a su compañero de letras, Rafael Alberti. Miembro de la Generación del 27 y escritor de la llamada Edad de Plata de la literatura española.

Parte de mi familia paterna, mi abuela Isabel, vive en Cádiz, de donde es natural Alberti. A mí de los poetas en particular y, de los artistas en general, me nace describirlos en presente. Porque ya lo escribió Pablo Neruda, “podrán cortar las flores, pero no la primavera”. Y no existe poeta muerto, o asesinado, mientras su poesía viva en las almas de quien le leen.

Generación del 27
Celebración del tricentenario de Góngora organizada por el Ateneo de Sevilla en diciembre de 1927. De izquierda a derecha: 1. Rafael Alberti; 2. Federico García Lorca; 3. Juan Chabás; 4. Mauricio Bacarisse; 5. José María Romero Martínez (presidente de la sección de literatura del Ateneo); 6. Manuel Blasco Garzón (presidente del Ateneo de Sevilla); 7. Jorge Guillén; 8. José Bergamín; 9. Dámaso Alonso, y 10. Gerardo Diego.

Por eso me complace traer un pedazo de Rafael Alberti por estos lares. Un pedazo del que ha sido uno de los grandes poetas que ha tenido el mundo, que no España. Porque España no le supo tener y, en su momento, no le supo tratar. Rafael, y perdonen si me tomo la licencia, se marchó de esta tierra y cruzó el charco hacia Argentina, él y María Teresa León, convencidos de que volverían pronto, no querían comprar “ni una silla”.

Andalucía corre por las venas de Alberti y se desangra en sus poemas. Andalucía, la misma que acunó a Lorca y que le sitió morir por quienes no supieron cuidarle. Por eso hoy nos deleitamos con unos versos de Rafael Alberti. Unos versos empapados de García Lorca. Porque mientras vivan en nosotros, ellos nunca morirán.

 

A Federico García Lorca

Sal tú, bebiendo campos y ciudades,
en largo ciervo de agua convertido,
hacia el mar de las albas claridades,
del martín-pescador mecido nido;

que yo saldré a esperarte, amortecido,
hecho junco, a las altas soledades,
herido por el aire y requerido
por tu voz, sola entre las tempestades.

Deja que escriba, débil junco frío,
mi nombre en esas aguas corredoras,
que el viento llama, solitario, río.

Disuelto ya en tu nieve el nombre mío,
vuélvete a tus montañas trepadoras,
ciervo de espuma, rey del monterío. 

 

Te digo adiós, amor
Te digo adiós, amor, y no estoy triste.
Gracias, mi amor, por lo que ya me has dado,
un solo beso lento y prolongado
que se truncó en dolor cuando partiste.

No supiste entender, no comprendiste
que era un amor final, desesperado,
ni intentaste arrancarme de tu lado
cuando con duro corazón me heriste.

Lloré tanto aquel día que no quiero
pensar que el mismo sufrimiento espero
cada vez que en tu vida reaparece
ese amor que al negarlo te ilumina.

Tu luz es él cuando mi luz decrece,
tu solo amor cuando mi amor declina.