Perdón, no sé despedirme

Ayer, en un momento de catarsis interior y de inspiración escribí un e-mail a un amigo que comenzaba con una disculpa. Perdóname, no he podido remediar mis ganas de escribirte. Ya era tarde, lo suficiente como para que las palabras que brotaban de mis manos corriesen el riesgo de ser devueltas con la misma impertinencia…

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