Por un perro al que maté

He matado al perro y he evitado mirarle a los ojos. Acaso por el vago intento de salvar en mí la humanidad que bien se me adjudica por derecho o por el miedo a despedir aquello de lo que yo misma me estaba deshaciendo.

Sobra decir, en apremio de la inteligencia, que este primer párrafo no es sino una astuta (o no tanto) metáfora. Las personas que escribimos somos así o al menos yo, con sobrado gusto, me meto en este saco. Y conmigo sola lo lleno, si así fuese necesario. Pero bien hago en creer que quedan algunos locos por este mundo como yo.

Y no es baladí que tiene cierto eco emocional esquivar la mirada dormida de quien es presa, aunque el crimen, por defecto, sea el mismo.

Matar al perro y no mirarle a los ojos te salvaguarda de ti misma. Te exime de la responsabilidad inexorable que apretar el gatillo te concede. Y no es baladí que tiene cierto eco emocional esquivar la mirada dormida de quien es presa, aunque el crimen, por defecto, sea el mismo.

El inconveniente viene a aparecer cuando no es crimen, sino favor. Cuando no es mente, sino corazón. Cuando por primera vez una antepone su gracia a la desdicha ajena. Y valgan los versos de quien respira tierra, lo bien que se puede llegar a sentir una. No me malinterpreten, no quiero decir que rechacen la paz mundial por un pedazo de pan que llevarse a la boca. No.

Una se vale de la gracia y la inteligencia como arma arrojadiza, cualquier otra cosa me es por añadido y tiene carácter eventual.

Se trata de un asunto mucho más sencillo. Más banal. Más de ser fina y joderlo todo. A mí, personalmente, me gustan mucho ese tipo de seres. Quiero decir, los que te llaman gilipollas y te entran ganas de darles las gracias, vástagos de la elegancia y la majestuosidad con la que lo hacen. Conozco a un par así, son sublimes. Me caen como una patada en el trasero.

Volviendo al tema que nos concierne hoy. El del perro y el disparo, déjenme decirles que muchas veces vale más retirada a tiempo que batalla perdida en campo. Y más si con ello salvamos vidas. Una se vale de la gracia y la inteligencia como arma arrojadiza, cualquier otra cosa me es por añadido y tiene carácter eventual.

Vengo más bien a hablar de la necesidad de saber decir no. De apartarse cuando no se está a gusto. De quererse por una y no por lo ajeno, se bien tangible y perdurable, o ilusorio y fugaz. Y de darse todo el Amor que nunca se ha de buscar fuera. Y si para ello deben matar al perro, adelante. Y si en un momento dado sienten cierto atisbo de cobardía, mírenlo a los ojos, sonrianle con condescendencia y llámenle gilipollas, eso sí, sin perder por ello gracia.