Aceptamos el amor que creemos “merecer”

Recuerdo el soterramiento emocional que sentí la primera vez que escuché esta frase. Que la leí. Recuerdo también la autopromesa incumplida de jamás hacerla mía. De mandarla al mismo baúl al que enviaba todas las creencias mediocres, insulsas y dignas de una existencia gris que escuchaba a los adultos.

Ahora me da miedo convertirme en uno de ellos.

Permitidme que, por pudor o por falta de gracia, hoy ponga mis letras al servicio del amor. Solo hoy. Con un toque de fatiga emocional y otro tanto de rebeldía, me apetece hacerle la gamberrada al destino supra-aceptado y a lo que creemos merecer.

Dijo alguien que no conozco y de quien tampoco me acuerdo, que cualquier época pasada fue mejor. Dice alguien a quien estoy aprendiendo a conocer y de quien no me libro ni a ratos, que dicha afirmación revela, sino una gran ignorancia, el supremo deseo de no afrontar la realidad tal y como es presentada.

Si no peores, los tiempos de hoy son líquidos e intangibles, tan inocuos como el aire. Ya lo había escrito Bauman cuando asociaba la liquidez de este tiempo nuestro con la del amor. A pulso de like y con la métrica de seguidores, las relaciones actuales han caído en una especie de tierra de nadie de la cual, ajena de cualquier rastro humano, es fácil escapar.

La banalización de las relaciones y los intentos de huida de todo aquello que se escape de un café y de sexo casual solo demuestran la profunda enfermedad social en la cual, a tientas de no comprometernos demasiado, nos hemos sumido. El materialismo destructor no solo ha despojado de alma, como la esencia aurea de Benjamín, a la creación, sino que nos ha dejado deshabitados a nosotras y a nosotros mismos.

No trato con esto de reivindicar la vuelta a un modelo tradicional de relaciones duraderas, de hecho, creo de forma fundamentada que las relaciones humanas se disocian del tiempo en pro de las experiencias que las revisten. Hablo de la pérdida de intensidad, de alma, de contenido, que conllevan.

Esta liquidez lleva implícita la fugacidad.

Y, si algo es nuestra realidad, es fugaz. Dicen que la mayor elipsis de la historia la hizo Kubrick. Yo hoy creo que las vidas de los seres humanos se están empezando a convertir en elipsis intransitorias. Hace cinco minutos estaba quitándole el hielo a los cristales del coche. Luego lloré. Ahora escribo desde el portátil con el sol de mayo.

Esta liquidez y fugacidad se extrapola a todos los ámbitos de nuestras vidas y persigue un fin común: el éxito. Entiéndame, no hablo de un éxito espiritual, hablo del único éxito que vale su peso en monedas y que tiene un precio, el capital. En una sociedad donde nuestros sueños son arrebatados y después transformados en paquetes de viajes familiares, el amor ha pasado a un segundo plano. Porque si algo exige categóricamente el amor es reposo, lentitud y una constante de acierto y error que socialmente suena descabellado.

Pocas personas te aceptan una falta. Hoy en día los encuentros se inoculan por filtros de Instagram. Vienen, a mí modo de verlo, los mitificados affaires en hoteles a ejemplificar el miedo al abandono, el deseo de fugacidad y la imposibilidad de comprometerse del sujeto actual.

No hay nada más plano, liso y deshumanizado que la habitación de un hotel. Nada más frío y desarticulado de un intento de ser perecedero que las cuatro paredes en las que un encuentro puede llegar a tener lugar. Alejado de todo humanismo, roto por la constante, el servicio de habitaciones limpia con pulso casi sepulcral a la mañana siguiente los restos que los amantes dejaron. Quienes, fieles al modelo social, saldrán separados y sin dar demasiadas muestras de su afinidad.

La habitación del hotel es el espacio más tangible de cualquier red social, convertidas hoy en cibercupidos, donde los narcisos, además de adorarse con fotos masturbatorias, se intercambian comentarios y likes con el fin de atraerse los unos a los otros. Y, cuando el ciberencuentro se palpa, ya sea con un café, una copa o en un paseo por Debod, lo más parecido que puede salir de ahí es el sexo casual en la habitación de hotel.

Porque es rápido, nada perecedero, y, ante todo, fugaz.

Esta fugacidad y liquidez permiten al ser humano continuar avanzando en sus metas profesiocapitalistas. Pero, a la vez que su cuenta bancaria se llena, su alma se vacía. En una relación causal, el ser humano actual no se compromete. Porque el compromiso, si algo implica, es menos red social y más privacidad.   Más reposo. Más lentitud. Más saber estar, y esforzarse a diario por ser.

Pero el ser humano, social por naturaleza, necesita un momento en el que necesita perecer. Y, sino dejar de habituar en el cuarto de un hotel, sí hacerse cliente fijo. Por eso, el ser humano, exhortado de cualquier mecanismo que le permita el autoconocimiento, acepta el amor que cree merecer. Y en este equilibrio en el que el Alma, carente de herramientas, se ha olvidado de cómo saber elegir, el ser humano se conforma. Cae en la mediocridad personal, ya que ha vivido durante años cegado por una carrera de fondo basada en el éxito económico.

Por eso, cuando me descubro a mí misma aceptando, o valorando lo que creo merecer, trato de llenar un poco más mi alma, aunque eso implique un detrimento de mi bien social más valorado, mi cuenta bancaria. Por eso, cuando leo mis deseos adolescentes de tener una vida extraordinaria, trato de recordarme que todo lo que tiene valor requiere tiempo, dedicación y reposo. Y por eso, aunque Bauman sea un genio y Benjamín un catastrofista, siempre rescato a quienes vivieron en una época en la que el amor te hacía morir, sin necesidad de matarte.

Ya lo dijo Machado, todo necio confunde valor y precio.

Nunca aceptéis lo que creéis merecer, porque probablemente os estaréis mirando en el espejo de la mediocridad evolutiva, y una existencia gris nunca brilla.