Dejadme hacer mía las cinco de la mañana

Son las cinco, mal gastadas, de la mañana. Duerme la ciudad. Yo solo escribo. Porque a estas horas, el ser humano, débil en esencia y siervo dócil de su propia decadencia, es incapaz de aferrarse a personas. O sentimientos. A nada que contenga síntomas de perecer.

Mis peores batallas las libro con el tiempo y el papel. Por eso escribo en la oscuridad de las cinco de la mañana.

Debe usted, lectora empedernida, hacer el favor o, si no, al menos el intento de entenderme.

Usted me lee a mí por alguna razón que yo, en mi soberbia, desconozco. Y me tomo las distancias por la falta de confianza. El respeto es profesión. Los valores se inculcan. Las formas se inoculan en la cuna. Con los tiempos que corren, ya no se estila. Pero mantengamos los modales todo lo posible.

Ahora que cae la madrugada y toda palabra corre el riesgo de bailar en el doble de los sentidos. No sea esa mi intención.

Déjeme aclararle que yo no escribo por un intento romantizado de hacerme la bohemia. Ni siquiera busco que se me lea. La dejadez de mi ego me juega malas pasadas. En otros campos lo entreno demasiado. Voy aprendiendo. Pero en este escenario siento anómalamente la soledad. Porque, en estos tiempos nuestros, escribir a las cinco de la mañana te deja desarmada. Salinger fue sabio y supo hacerlo. Adiós mundo, adiós muchedumbre.

Dejadme hacer mías las cinco de la mañana.


A estas horas la vida de una se dibuja en un escenario disperso. Me siento y observo. Fantasmas de quién sabe qué momento y qué error descansan aquí conmigo. Son ellos, no yo, los que me revelan que las cinco de la mañana son un momento idóneo para desnudarse.

Tú eras de sol, y a mí me viste la luna.

Que mis silencios salgan a cortafuegos y que aquellos sonetos se clavasen como balas te ha desgarrado la falsa identidad antes de lo que esperabas. Pena de ti, que ignoras que las batallas con el papel son las únicas capaces de quitarme el sueño. De hacerme temblar cuando lo encuentro blanco como el mármol sepulcral. Hace tiempo que decidí no supeditar esta vida mía a nada ni nadie que respirase.

Es cuestión de salud mental, yo solo escribo.

A estas horas no soy más que un puñado de huesos con alma. Y que tú te hayas alejado de Federico solo ha terminado por desquebrajarnos. Sombrío e impasible como sus poesías. Poeta del pueblo. De sed y cenizas. Ni su cielo ni sus alturas me han robado a mí el sueño.

Tampoco sangro por quien gotea momentos de vida por aquí. Este es un lugar en el que quedarse a vivir. Un tiempo en el que estar. Mil trenes al condado y uno en la capital. Ni brillas tanto como reflejas, ni te pienso tan poco como desearía. Bájate del pedestal. Es humo cuánto tocas.

Si no, dime, quién está contigo hoy a las cinco de la mañana.

Un horizonte de mártires a los que confesarme. Un puñado de poesía a la que poder llorar. Usted que me lee buscaba en mí consuelo. Buen intento. Pero recuerde que le escribo desde las cinco de la mañana, cuando no existe el tiempo ni la vida en esta gran ciudad.  Desde aquí toda rutina es puro intento de banalidad. Y las vistas solo invitan a saltar.

A las cinco de la mañana todos duermen. A las cinco de la mañana soy cenizas. Soy sueños. Soy un eco. A las cinco de la mañana podría ser todo aquello que mis letras me dejasen y, por fin, poder ganarle la batalla al papel. Y algún día al tiempo.

Que por cada instante que me deja ser me resta dos de estar.

Pero soy sino huesos y carne. Mil momentos centrifugados en este envase. Y son solo estas letras mías las que me harán perecer, sino hoy, a las cinco de la mañana.