Te he cerrado la puerta y he tirado la llave al mar

Es realmente complicado, rozando el límite casi de la confusión, sobrevivir al ecosistema emocional actual. Ya lo comentamos alguna vez.

Yo al ritmo del sol de mayo y quién sabe cómo estabas tú.

Yo me desnudaba para que reconocieses en mis letras tus fantasmas y quién sabe qué decidiste hacer con ello.

Eso es pasado, hoy eres tan solo eco.

Pero ahora que tengo la seguridad de que me lees, aunque estas palabras nunca te lleguen, voy a ir contracorriente para decirte algo: quiero invitarte a un café pero, probablemente, quiera repetir.

Espero que no te dé demasiado vértigo.

El arte, en cualquiera de sus formas, te confiere una sensibilidad especial. En la relación causal de artista y creación, la improbabilidad de que estos se lleguen a separar en algún momento roza el infinito.

En esos extremos, una se siente deshabitada. Vacía. Hueca. Y busca donde sabe que nunca va a encontrar. Por eso me da tanto miedo encontrarme, ¿acaso habrá terminado la búsqueda?

La sensibilidad ya mencionada es un criterio mandón. Cuando quiere y para lo que quiere. Te confiere la oportunidad de vivir cada momento, cada persona, cada lugar, hasta el éxtasis.

Aquel ventanal se torna en la pantalla del mejor filme nunca visto.

Aquel beso se escucha a ritmo de jazz.

Aquel café aún sabe en el paladar aún cuando la distancia temporal es mayor que lo que el tiempo que duró.

Esa capacidad de que cada instante se dilate hasta el infinito es la gracia de la vida. Y cada arte lo transfiere con sus propias formas e ideales. Yo envidio las manos de quiénes pintan. Las cuerdas de quienes cantan. Los ojos de quienes filman. La magia de quienes crean. Envidio y admiro el mundo interior de cada una de esas personas que sí, son lugares donde quedarse a vivir.

Aunque hay quien está de paso.

No me olvido de mi bien más preciado. De mis duendes con dolor de cabeza. No me olvido y agradezco el amor que les tengo. Porque me debo a ellas. Las letras te dan la capacidad de dibujar, musitar e imaginar el mundo en unos códigos.

No dicen, sugieren.

Y esa sensibilidad literaria me ha salvado en más de una tentativa.

Pero la misma sensibilidad que te hace ver el mundo a través de un prisma diferente también es capaz de sumergirte en un mar de contradicciones. No me andaré con rodeos. Tampoco con eufemismos.

La sensibilidad imprime una debilidad que no concuerda con el ecosistema emocional de los tiempos que corren.

La misma sensibilidad que transforma las vistas, el beso y el café también agoniza las despedidas, las sacudidas y el hecho de que hoy yo haya decidido cerrarte la puerta. Dos puertas abiertas a un mismo nivel generan una sacudida interna que se torna tormenta. Si la dejas perecer comienzan a romperse los cristales del hogar. Corres a cerrar. Maldiciendo al primer dios que se aparezca. Vuelve la calma.

La sacudida emocional cuando la puerta se extrapola a la persona y cerrar a despedirse es basta y despreciable. La dualidad de lo que se exige y lo que buscamos solo se soluciona con la propia fidelidad. A los principios. A las promesas. Al amor, propio. Aquellos que estaban allí antes de que el sujeto llegase.

Pero bendito sea el vendaval que me hacía sentir viva. 

Aún así, manda la ley del más fuerte en el ecosistema de quien no siente. Que cada beso se preste distinto, que cada café se pose en su respectiva taza y que las vistas nunca sean las mismas.

¿Por qué nos da tanto miedo repetir?

Yo quiero volverte a invitar, de vez en cuando besarte y mirar aquellas playas porque el ventanal daba vértigo, y nunca fueron los nueve pisos bajo nuestros pies.

Yo te hablaba de arte y de sensibilidad.

De la complejidad de la maravilla de sobrevivir en un sistema gris. De la fugacidad y la inestabilidad de lo emocional. Te traje los cafés y los besos, las vistas y el ventanal, las madrugadas y los despertares. Te regalé mi debilidad, y nunca supiste decirme quiénes son un lugar para quedarse y cuándo transformamos la banalidad. De la puerta y la ventisca. De lo que me hizo sentir viva.

Ante este panorama desolador y descorazonador, haber tenido que despedir, de nuevo, a un prototipo de asunto perecedero y, cuánto menos, ininteligible por la mirada vulgar, ha sido, cuánto menos, una zarandeada de la vida que avisan quienes juegan, se veía venir.

Como tengo la sensibilidad y me debo a ellas que me escuchan, muestro mis cartas de la manera más dócil y sumisa que podría entrever, consciente de la debilidad social que me confieren.

Pero déjeme decirle, lector empedernido, hacerle la jugarreta a lo vacío solo te devuelve plenitud.

Aunque eso no quite que te he cerrado la puerta y he tirado la llave al mar. Por cuestiones de amor propio.