La intimidad sobre los versos de mi cama

La intimidad son las lágrimas que derraman mis letras cuando nadie las ve. La herida abierta del Alma que trato de esconder. O la sonrisa grabada en la mirada que no quiero reconocer.

La intimidad son las horas muertas en las que el tacto es inocuo a la piel. Y tocarte es solo admitir que vivo y muero en cada esquina de esta dichosa cama.

Y dichosa yo. Que duermes conmigo. Intimidad de niños. Infancia robada.

Deshacerme de madrugada sobre los pliegos del dosel. Y tratar de adivinar con cuatro acordes las musas de tus fantasmas.

Hiedra de la Luna que no me ve. Intenciones maltrechas y boca de miel. Dormimos tres en mi cama, entre tú, yo y él. Y soy la intimidad robada del apego que no me deja ver.

Eclipse de mi soledad si soy de viento. Vientre de la tierra que me acoge. Respiro en otro tiempo, en otro amor, en otro lecho.

Intimidad es también que sepas ver, que me desnudo con el pecho cubierto y lloro la sangre de mis versos sobre anaquel. Que soy de esparto, acero y miel. Que renazco con la Luna y que, por días, no me dejo ver.

Intimidad son los versos que aquí reposan. El libro del diván y mi Amor de madrugada. Que aquella noche recitase sobre tu boca: soy cobarde y, que él, sin tocarme, dormía en nuestra almohada.

Intimidad son dos cuerpos que se encuentran. Dos almas que se sanan. Y que la dualidad sea un espejismo. Que, aquella noche, fuimos uno en nuestra cama.

8 de agosto de 2019