Ya me lo advirtió Sabina

Carmesí de las cien baladas que ensordecí. Penitencia de mis desvaríos. Me mato contigo aquí.

Susurra Sabina tras el portón. Oídos sordos a quién canta. Esquela de beso sobre tu pecho desnudo. Supiste a dolor.

Ni hubimos de morir, ni nos mató. A regocijo de él supimos vivir. Para enraizarme en ti de madrugada. Y que supiese el cielo que dormía por ti.

Huellas lejanas del que fue nuestro hogar. Sábanas mojadas. Boquita de mar. Inmortal atardecer sobre el pedestal. Y yo que me muero, me mato sin ti.

Adivinose tu estela cuando calla el sol. Y vestirme yo de Luna al disimular. Los vuelos de mi falda para recordar: te espero sentada en el ventanal.

Vuelve a tu parecer que yo sigo aquí. Cubierta de estrellas. Vestida de ti. Besando otras playas y amando otro mar. Esperando a mi vuelta poderte encontrar.

Manantial de mi vientre que llora por ti. Intento tejerte de versos de vil. Pura pena. Cae baladí. Y yo que te busco, me pierdo sin ti.

Al paseo infinito te podría llevar. Y allá dónde quisieras poder descansar. Tu buen corazón no supo entender, que tanto perdí que se me olvidó querer.

Si me lees algún día te quisiera confesar: es esta mi última bala, no voy a rogar. Y si supiera Sabina que morí por ti, mataría estos versos si volvieses a mí.