La ciudad estival al ritmo de Sinatra

La ciudad, la misma de la que me escapo, de la que reniego, de la que recelo, tiene cierto halo de nostalgia y de bondad cuando los ardores del verano deciden abandonarla para sucumbir al fervor del calendario.

Y, si hay algo más complejo y perverso que este botín de vertiginosos edificios y muchedumbre con prisa, son estos mismos cuando los días comienzan a quedarse flacos de sol.

Entonces ya no puedes escapar. Reo de camisa. El cielo se tiñe de esparto. El suelo es una marabunda de colores cálidos robados al periodo estival. Los pies maltrechos buscan refugio. Las manos acomodo. Y los besos se vuelven tiernos, íntimos y privados. Cada pájaro vuelve de dónde marchó y se respira café templado.

La ciudad pare nuevos sueños y despide otros ya marchitos. Acaricia llantos y sobre sus tablas se tejen nuevos amores. Las mismas que recordarán con nostalgia aquellos que el calor se llevó. Y al ritmo de Sinatra la melancolía se deleita con corazones que vagan, buscando por las calles, la fantasía suficiente para no ahogarse en la mediocridad de la soberbia e inmensa urbe.

Porque la ciudad se viste de colores de antaño y renace. Te abandona a su suerte y te invita a pasar. Cala los huesos dorados. Marchita de sueños y te abraza desnuda desde su pedestal.

En esta ciudad mía, quién me iba a advertir, que cambiaría cien noches de verano sordo, por una de invierno contigo en Madrid.

Vuelves. Suena Sinatra.
Te espero aquí.