Epopeya literaria: Día de las Escritoras

El Día de las Escritoras se puede discernir en múltiples posibilidades, colores y ademanes. En el cuarto maldito de Woolf, aquel que rebosaba rebeldía (porque el alzamiento se acompaña sobre el papel); en las cartas ocultas de Lejárraga, quien pereció bajo la firma reminiscente de un cónyuge normativo; en las cavilaciones literarias de Allende, quien me cautivó desvelándome un mundo alejado de las antípodas españolitas; en la contemporaneidad y corporeidad de Yoshimoto, quien me despertó de sopetón de este raído sueño profundo.

Todas ellas, veneradas, adoradas, humilladas, apartadas y, por un destino anodino que las llevó a nacer mujeres, silenciadas, son hoy, en este preciso espacio – tiempo, musas y artistas de ellas mismas, de sus propias obras, vidas y trayectorias. Y, si algo se cierne sobre el manto inocuo de lo que ha supuesto ser mujer en una sociedad de zapatos de charol, es que todas ellas se han liberado a través de sus letras.

“Cuando me hallé huérfana de referentes en las enseñanzas de la escuela tradicional decidí emprender una búsqueda introspectiva que desembocó en el descubrimiento de Woolf, Allende, Shelley o Yoshimoto”

Por ello yo les rindo tributo y me consagro en un acto de gratitud supremo a quienes allanaron mi camino para que yo hoy pudiese escribir libre. Ser libre. Vivir libre. Sin olvidar que, en el ejercicio de mi libertad hedonista colmada de los privilegios en los que me baño y aseo cada día, en Kabul, Borno o Mozambique (porque no me alcanzan las palabras ni el papel) la libertad continúa consagrándose bajo el fetichismo utópico de voluntades que reposan sobre las direcciones de mando occidentales. Lugares donde las mujeres continúan siendo castradas y castigadas en pro de la potestad masculina del brazo opresor.

Y en mi pequeño alegato por quienes se deshacen en letras, por aquellas que consagran una vida literaria en un sentido político, social y poético, recuerdo desde la tribuna de mi escritorio el momento en el que, la pequeña ninfa que adoraba escribir, descubrió su amor por la literatura, que es el mío, y su poder liberador. El gaje social que permitía que mi fuerza, mi salvajismo y mi guerrera aflorase en un mundo cosificado, aún dentro de la democracia y las libertades, con corte de mujer.

La literatura tiene el poder irrevocable de liberar al espíritu que rechaza la ilusión de los barrotes de oro

Decía Doris Lessing, en una frase que te catapulta al trabajo y que, mal entendida, puede conducir a un sadismo laboral, que no es el talento lo que escasea, de hecho, lo tildaba de “corriente”, sino que, más bien, el problema es “la falta de constancia”. Y doy fe de que bajo esta premisa el talento de miles de mujeres, y traigo de nuevo a Lejárraga de mi mano, ha sido ocultado, y, sus nombres, mancillados por hombres que firmaban, presumían y presuponían de unas letras, de unas obras, de una vida, que no les pertenecía, que habían robado y que ahora, más que nunca nosotras queremos recuperar para devolvérsela a sus legítimas dueñas. Para que Mary Shelley no vuelva a ser jamás la mujer de Percy, sino la autora de Frankenstein o el moderno Prometeo. Ni Lejárraga vuelva a ver mancillado su nombre por quien firmó su prosa. Y así, Lessing pueda iluminar con su pulcra premisa a la parte de la población literaria que ha sido cernida de nuestra literatura. Ídem de la vida pública. Y privada.

Por eso es que la literatura consagra todos los aspectos de cómo la mujer ha sido mancillada. Y por eso es que la literatura tiene el poder irrevocable de liberar al espíritu que rechaza la ilusión de los barrotes de oro como un castillo de cristal para la princesa para entenderlo como debe ser: Como una cárcel de fierro para la guerrera. Viene a ser este descubrimiento la causa misma que llevó a esta niña y mujer a descubrir a las grandes escritoras por un ejercicio de auto-indagación sobre quienes habían precedido su camino para que ella pudiese llegar a dónde estaba.

Porque mis adoradas musas, desmitificado este término del valor peyorativo de la mirada patriarcal y elevándolas al punto sacro en el que reposa la maestra a ojos de la aprendiz, se desvelaron ante mí como mujeres que escriben, que luchan y que palpan con palabras un mundo que, sino estaba diseñado para ellas, comenzaron a desdibujar para que pudiese ser leído desde su retina inmaculada y liberadora.

Por eso yo, que decidí consagrar mi vida a las letras a una edad muy temprana, cuando me hallé huérfana de referentes en las enseñanzas de la escuela tradicional decidí emprender una búsqueda introspectiva que desembocó en el descubrimiento de Woolf, Allende, Shelley o Yoshimoto como las antecesoras de una historia que reposaba ardiente entre las líneas maltrechas de mis libros de historia.

Pero si el reconocimiento de una misma es el primer paso para la autodeterminación, la búsqueda de aquellas que pisaron antes que yo se convierte para mí en un ejercicio sacro de autoconocimiento que versa sobre aquellas escritoras y mujeres que marcaron con cada letra un camino que, por más que sinuoso y discordante, merece la pena ser recorrido.