Cavilaciones sobre el Arte: final de un concierto

Y entonces pasó. Pasó que volví a latir. Que la respiración se intercalaba, perezosa, con bocanadas de una desidia colmada por 6.000 almas.

Pasó que volví a ir con el agua al cuello para entender que siempre he sido “la niña de mar”. Que soy ola. Marea. Paz. Que todo estaba en calma. Que debajo del agua también sé respirar.

Pasó que rompí los renglones con lo que escribía mi Poesía. Que las vacas, después de flacas y de amor, volvieron a su campo. A la Madre. A la que tú clamas respetar. Por la que rezas y a la que te encomiendas.

Pasó que se colgaron los duendes de tus dentales de oro. Que adiviné a Silvio entre los resquicios de tus canciones. Que entreví la mirada anodina de aquello que sugerías.

Pasó que recorrí los recodos de mi interior y abracé a aquellos en los que vivo. Que me deshice. Que morí y nací en tus canciones. Que quise volver. Y que esta sensibilidad que nos tocó de goleada me permitió captar cómo 6.000 almas se fundieron en un solo corazón. Y Ana salió y el estadio se vació en un silencio que emanaba respeto.

Pasó que cantaste. Pasó que soñaste. Y lo más dichoso que pasó fue que era realidad. Y que en un pedazo a las espaldas de Madrid, mientras deshacía el camino de vuelta a casa, te confesé a flor de piel: Gracias Amiga, Gracias por volverme a despertar.

Te escribí estos renglones desde la vía más grande de Madrid, le habías devuelto la esperanza al cielo. Vuela