A mis queridos apolillardaos, contextualizo: estamos en plena pandemia

Patricia Fernández
25 de octubre de 2020 - Madrid

En tiempos de recatada rectitud semántica y ordinaria decrepitud social viene al caso reafirmar  mi firme intención de desligarme del porcentual pelotón de apolillardaos en el que, por diana generacional, me inscribe mi fecha de nacimiento. Baste advertir con estimada cautela a los profetas del pasado de fina piel y neuronas nómadas, que toda crítica aquí prestada se vierte sobre quienes, por goleada, habrán de sentirse aludidos, aludidas. Por eso estas palabras no son una alocución generalista a las almas noventeras, compañeras de juergas, paseos, conversación y llenas de vitalidad y conciencia. No se desperdigan en abstracto sobre el amplio público ni tratan de convertirse en una bala que, a toda probabilidad, habría de disparárseme por la culata. No soy el pez ni pienso en morir en las faldas de estas líneas.

Esta reflexión viene más al corte y patrón de aquellos que viven de espaldas a la convulsa realidad social, sanitaria, económica, política y medioambiental que atraviesa el mundo en su conjunto. A los que se despechan impávidos a las puertas del solipsismo mental. A los adalides exacerbados de Mr. Wonderful que proclaman la diáfana felicidad individualista a espaldas de la mayor crisis sanitaria de los últimos cien años. Al letargo intelectual y la impavidez emocional en la que se ha sumido parte de la juventud desde que leer un libro, abrir un periódico o cuestionarse la inmediata realidad más allá de los límites del colérico yoísmo se ha convertido en una declaración de intenciones. Es una asunción política del deber de formarse como ciudadana, como ciudadano (aunque no genere likes).

Cuando Juan Antonio Bardem acuñó en 1956 a los canallas de la Calle Mayor a golpe de ignorancia, verborrea, aburrimiento y presunción no llegaba a imaginar la transversalidad atemporal de su retrato. Tampoco nuestros abuelos y abuelas, tan descuidados ahora, atisbaban en su lozanía la dejadez de sus nietos, perpetradores de tal desamparo generacional. Los canallas, en plural, como una masa grisácea y anodina, gritan cuando menos pertinentes son sus palabras y más menguan sus pensamientos. Casi se les escucha decir, “Likes, dadme atención para que mi Alma no muera”. Y, ciertamente desocupados de toda existencia más allá de su limitado imaginario, acaban por  llenar desde una esquina de la escena el completo de la secuencia. Ha de verse que, todo paralelismo entre la trama cinematográfica y la descafeinada realidad actual serán, no poco, fruto de la impavidez social.

Luego me acuerdo de Federico, que bien podría ser el de Granada del 98 o el de la Italia de los no tan felices años 20. Pero nos ocupa el de Bardem, el joven dispuesto, ávido de conocimiento y, si no colmado de erudición, sabedor de sus propias debilidades. Este personaje, devuelto a la realidad actual, tendría también algo de Casandra, a quien los griegos le dieron el don y la pena de profetizar el destino de la ciudad de Troya. He de decir que conozco a Casandras y Federicos, pero menos de los que me gustaría retratar, porque ya se sabe el lugar al que esa parte de la sociedad grisácea les suele devolver.

Pero el contexto no aqueja, aparentemente, a los sujetos más jóvenes imaginados a sí mismos invencibles y adeptos de la felicidad autoinmune.

Ustedes sabrán de quién se refugian cuando van a una biblioteca, a una librería o debaten en democracia, cada cual sus conclusiones. En lo referente a la pandemia o sindemia estos sujetos muestran una disposición personal que les permite analizar la realidad más allá de la afección negativa que hayan podido sufrir sus privilegios de juventud. Y digo privilegios por precisión cognitiva con toda aquella actividad prescindible para el desarrollo de una vida con las necesidades fundamentales cubiertas.

Aquellos individuos que entienden más allá de la mera impresión y para los que el concepto de “salud pública” está dotado de sentido. En una exposición en abierto a la que tuve el placer de asistir virtualmente a raíz de los ODS, una conocida científica exponía los riesgos inminentes que conllevaba la no auto protección del sujeto contra la COVID-19 en relación a los coetáneos. “No se trata de cuidar la salud propia, sino la salud de toda la población”. Huelga decir que basta una breve observación empírica para comprobar los efectos negligentes de creerse “trumpiniano” o “bolsonarista” cuando se trata de atajar un problema social, sanitario, político o medioambiental. Está el susodicho, la susodicha, abocado al fracaso.

Desdichados Federicos, desdichadas Casandras, en este país ya se es bien conocida la moneda con la que son pagados y pagadas.  Así, los Federicos y las Casandras comienzan a escasear como sujetos sociales de prestigioso valor y sórdida reputación entre el griterío de la Calle Mayor, que ahora tiene nombre de red social. Desde lo alto de las cátedras, no como espacios académicos sino como terrenos labrados de conocimiento, conciencia y comunidad, yo imagino a nuestras abuelas, a nuestros abuelos, a modo de don Tomás observar la decrepitud de las generaciones venideras. Y aquí las líneas no me permiten el silencio respetuoso que desde mi postrado escritorio desearía hacer. Desde el inicio de la pandemia en España han fallecido 34.521 personas, según datos del Ministerio de Sanidad (23 de octubre de 2020). A nivel mundial en esta fecha la cifra asciende a 1.128.325 millones de fallecidos, según la OMS. A esto se suma los efectos en la economía y en otras crisis humanitarias que han empeorado tras la llegada del SARS-CoV-2.

Pero el contexto no aqueja, aparentemente, a los sujetos más jóvenes imaginados a sí mismos invencibles y adeptos de la felicidad autoinmune que les lleva a desarrollar sus viejas vidas en el nuevo panorama.  “Se mueren los viejos”, “yo solo espero no acelerarles el proceso de nadie”, “¿cuántos días os dura la mascarilla de unas horas, chavales?”. Transcribir en negro sobre blanco las descabelladas afirmaciones que durante estos meses he escuchado de boca de algunos de mis contemporáneos hacia nuestros ancianos y comunidad es a la par innecesario e irrespetuoso. Algunos de ellos referentes a sus familiares más cercanos. Recuerdo bien el momento en el que una amiga se lanzó a visitar a sus abuelos después de haber pasado las últimas tres semanas rehaciendo la acelerada vida social que los tres meses de confinamiento le “habían arrebatado”. A golpe de kilómetro se encaminó a visitar a sus parientes octogenarios bajo el lema de “yo solo espero que no les pase nada. Imagínate, ¡vaya palo!”.

Aquella misma tarde una historia en Instagram retrataba las tres copas de vino que la joven disfrutaba con sus abuelos. Debe ser, imaginé, que los filtros de Instagram también difuminan la posibilidad de dinamitar vidas humanas. O que, simplemente, la pandemia solo existe en forma de mascarilla virtual acompañada de un embellecimiento facial. Y es que, efectivamente, la canallada que se infiltra en sujetos carentes de criterio es una enfermedad silenciosa que ataca a la sociedad desde sus raíces, desde sus juventudes más amargas. Nunca hasta ahora tan ajenas, tan impávidas ni espectadoras de primera línea de cavernas plagadas de color, nefandas afirmaciones y filtros ornamentales mientras en el exterior, fuera de sus pantallas, el mundo entra en un periodo agonizante.

Nunca un vacío cultural, intelectual y emocional había dejado rezagado a un grupo de ciudadanos y ciudadanas.

El lodo moral llegó a nuestras vidas para quedarse. Las muertes de millones de sujetos que se dibujan nebulosos en el imaginario de esta parte de la sociedad no encajan en los post de Instagram. La miseria de miles de familias que han perdido sus empleos no son likeables. El silencio de las mujeres que vivieron confinadas con maltratadores no tiene cabida en estas redes sociales donde el plástico, la frase fácil y la infamia encuentran su público ávido de consumir banalidad. La escasa comprensión de ese porcentaje social que vive de espaldas a la realidad es manifiesta. Y la amargura que destilan mis palabras, he de aclarar, brota a su vez de un sentimiento de tristeza ensamblado de rabia.

Entonces, en medio de este torbellino de imprecisión emocional, recuerdo al Juan de la Calle Mayor, al personaje y al arquetipo. Aquel que, ni canalla ni reflexivo, encarna el mito del buenista que mira hacer el mal. Y peor aún, aquel que, arrastrado por los ecos de una escindida sociedad más preocupada por los amoríos de veinteañeros que por la salud de sus colindantes, destripa sus entrañas de contenido, se desviste de cuestionamiento personal y se vuelve gris, anodino. Nunca una generación apolillardada habría de erguirse tan pesada sobre mis hombros. Nunca un vacío cultural, intelectual y emocional había dejado rezagado a un grupo de ciudadanos y ciudadanas que, me esfuerzo en pensar, aún pueden salvarse.

Dadles libros, que hubiera escrito Federico. No el de Bardem, si no aquel al que parte del pensamiento colectivo apocopado y verborrágico acribilló a tiros en el 36. Pese a todo, me obligo a pensar que el Federico de Bardem encontrará un Juan con el que celebrar el fin de un periodo gris. Que a don Tomás aún le quedan muchos años de disfrutar el país que con sus manos levantó. Que Casandra será escuchada antes de que Troya termine por arder o la crisis climática nos barra a todos de un plumazo. Que los canallas deseosos de la ignominia al prójimo reflexionaran introspectivamente en un intento de velar por la salud pública. Que, si bien esta crisis llegará al término, sabremos aliviar con dignidad la disfunción social que nos prevendrá de otras. Y a mis queridos apolillardaos de los que me esmero en desligar me esfuerzo en creer que desarrollarán la conciencia necesaria para ver más allá de los límites de la propia corporalidad. Todo ello de mano del insolente y atrevido propósito comunitario de combatir juntos los dos males que nos acribillan, el maldito bicho y la falta de educación social.



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