Música y alma, a propósito de Zetazen

Patricia Fernández 
2 de noviembre de 2020 - Madrid

La crónica de esta entrevista se escribe en pretérito y comienza tres semanas y dos playas antes de que el encuentro tenga lugar. Es una mañana ceniza de octubre en Madrid, pero podría haber sido cualquier atardecer áureo en una playa del Mediterráneo. A cinco minutos de la hora acordada recibo un mensaje: “Soy Rubén, (Zetazen), espero que hayáis llegado bien al sitio, cualquier cosa me dices”. El WhatsApp condensa de manera pulcra el devenir de la velada: es Rubén con quien me cito en esta cafetería madrileña aunque, “a medida que entre en calor”, será Zetazen quien franqueará el cerco de tal paréntesis y se inmiscuirá, a golpe de verso, en esta entrevista a tres.

Una rosa dorada en el pecho, un tatuaje vertical en el cuello que reza “One way” y la sonrisa de unos ojos translúcidos. Podrían ser los versos del último lanzamiento de Zetazen, Vente (2020), pero es el primer esbozo que me hago de Rubén. Su carrera se circunscribe a fuerza de rap, esfuerzo y constancia. Natural de Madrid, no rozaba la quincena vital cuando lanzó su primer sencillo, Alma y música. Con 16 años produjo su  ópera prima en forma de rap, Presión en las alturas (2009), al que siguió Inside (2011),  Atrezzo (2013), Elegant Pain (2017) y Supernova (2019). Los lanzamientos de temas como Me va bonito (2020) y las colaboraciones se dilatan hasta hoy y, si las circunstancias sanitarias lo hubiesen permitido, Zetazen estaría subido en algún escenario de Alma Libre Tour. Pero es Rubén quien se pide un café con leche, se baja la mascarilla, esboza una sonrisa y me advierte de que, para la entrevista ha de “olvidarse de la grabadora”.

Zetazen durante la entrevista en Madrid / © Clara Román Sánchez

Quienes escuchan a Zetazen dicen que su música acompaña en los domingos, pero el trabajo de publicar cuatro discos, estudiar una carrera universitaria, formarse como técnico de sonido e involucrase en cuerpo y alma en todo lo que refiere a su música tiene más de que la vida de Rubén sabe a lunes constante. Asegura que cuando escribe apunta las ideas en su bloc de notas, que la música es “vocacional” y que hay que “ser agradecido siempre”, desde por “un café” hasta “cosas más grandes”, porque “te empodera y te inspira”. Desde hace un tiempo aprovecha pequeños “retiros espirituales” para recargar pilas y pensar en sus planes, “desde lo más creativo hasta lo más técnico”. Pero, si hay un rasgo que encarna, no sé si Rubén, Zetazen o la mezcla de ambos, es el alma que le pone desde que comenzó.

“Yo me he refugiado
tras el mismo nombre
que intenté quemar.”

Chamartín (Atrezzo. 2013)

Precisamente en sus inicios Zetazen era sinónimo de Madrid, pero hoy, once años más tarde, la definición no se circunscribe a una ciudad ni al estilo de música con el que comenzó, el rap. Los límites son diáfanos, como la línea que separa a Rubén de Zetazen. “Es irónico porque Zetazen es una persona pública, con un rostro y una voz, pero solo conoces de él lo que te enseña, lo que ves en un escenario a doble altura con luces. Y toda esa imagen que se construye habla de sensaciones y vivencias muy personales. Cosas de las que, incluso con tus amigos más cercanos, ni siquiera hablas”.

No obstante, esta intimidad que contagian sus canciones no ha impedido que miles de personas las coreen cuando Zetazen se sube al escenario. Al hablar de ellos, de sus fans, me explica que no se trata de “un fanatismo tipo ‘yo voy detrás de ti‘, más bien es untú estás dentro de mí‘”. Por ello se muestra agradecido “todos los días, en sentido literal, por recibir tanto amor. Cuando eran cien personas, cuando eran mil…  Da igual la cantidad de personas que sean, las que están, lo están a fuego”.

Zetazen durante la entrevista en Madrid / © Clara Román Sánchez

Este vasto marco temporal que hace de ínterin entre esas cien personas de las miles que forman su público actual no ha afectado, sin embargo, a la esencia de Rubén: “No he cambiado el discurso, pero sí que repaso muchas más veces las cosas que digo, cómo las digo y cómo se van a interpretar”. Este carácter interpretativo marca lo que para el artista es la “frase ideal”, aquella que “cuando la gente la escucha pueda entender qué está queriendo decir pero que, por otro lado, cada uno se la pueda llevar a su terreno o le pueda representar en su propia situación”. Dicho espacio que reposa sobre el libre albedrío de sus oyentes hace que Rubén sea consciente de la responsabilidad que tiene como artista, como Zetazen: “Mido mucho cómo se pueda interpretar. No me considero una persona que tenga pensamientos muy tóxicos y, por eso mismo, intento no transmitir cosas tóxicas”.

“Ni una rosa ni una bala;
mira, me juré alejarme.
Soledad mental constante,
convierto el dolor en arte.”

Derramo el licor (Elegant Pain. 2017)

Rubén, que se define como una persona “súper tranquila”, asegura que es el día en el que está “más sensible o intenso” cuando escribe, en esos momentos en los que le “salen las palabras” y “tiene más que decir”. Y, sobre estas palabras que le nacen, disparo la siguiente pregunta de un cuestionario cuya hoja de ruta es, irremediablemente, él y sus letras. “En Derramo el licor (2017) dices que transformas el dolor en arte: ¿Cómo es este proceso?”:“Es una manera de pasar a limpio pensamientos e inquietudes recurrentes y cosas más íntimas. Es ese dolor que, cuando lo conviertes en arte se transforma. Lo congelas, es como meterlo en formol. La gente lo ve, se siente identificado, lo comenta y lo comparte. A mí me parece la hostia”:“¿Ese dolor nace directamente de ti?”, inquiero. “El 97%”.

La música es de estas cosas que identificas que es vocacional cuando es algo que mientras lo estás haciendo no estás pensando en que tienes que hacer otra cosa

Lo cierto es que este sentimiento tiene nombre de álbum, Elegant Pain, y forma de rosa: “La rosa para mí es la representación del dolor hecho arte o de todo lo que pueda ser considerado nostálgico, melancólico… todo aquello que nos estremezca. Se trata de representar esa belleza que se transmite cuando se hace de manera artística”. Rubén señala el tímido colgante dorado en forma de rosa y se descubre el tatuaje de esta flor en el lateral externo de la mano izquierda. La estira para enseñarlo y aquí fiel servidora, que nunca se ha hecho un tatuaje, le pregunta si no se le borra. “La grasa de la piel de las manos es diferente a la del resto del cuerpo, se regenera mucho más veces. Este (el tatuaje de la rosa) está más o menos bien. Cuando me lo hice y se me curó parecía que me lo había hecho en la cárcel hace 10 años (se ríe). Se me quedó verde y todo, me lo tuve que hacer dos veces”, agrega con un tono guasón.

Zetazen durante la entrevista en Madrid / © Clara Román Sánchez
“Las mil y pico, vuelo con retraso.
Mira arriba, quieto y cálmate.
Nada bueno va a ocurrir después de las 3:43.
Es tarde, pero aquí dentro algo me arde.”

3:43 (Elegant Pain. 2017)

La revelación alimenta la curiosidad. “¿Tienes más?”:“Sí claro. Tengo este (gira el cuello para enseñar la inscripción de One Way), 3:43 y la rosa. Tienen poco tiempo, de hecho me los tengo que repasar, porque se me ha medio borrado. A mí me mola”. El 3:43 no llega a asomar al cuello de su camiseta, se acopla en la parte superior del pecho, casi escondido, como el significado de la canción homónima. Se sorprende cuando le digo que yo no tengo tatuajes. “¿Ninguno?”:“No”. Sonrío y recalo en 3:43, el séptimo tema de Elegant Pain que despertó mi curiosidad y que ahora, tras el descubrimiento del tatuaje, ha adquirido un nuevo matiz.  

Zetazen durante la entrevista en Madrid / © Clara Román Sánchez

“La canción 3:43 habla todo el rato de intuiciones, de las cosas que no se ven. Como “padezco lo que no sucede” o “después de esta hora no va a pasar nada bueno”. Es como estar todo el rato con la guardia alta y la intuición súper despierta”.  La mirada hipnótica de Rubén mientras habla de música tiene algo de este carácter intuitivo que reviste a las canciones de Zetazen. De hecho, sería una falacia tenerle delante y no preguntarle por ese concepto que tantas veces aparece en su lírica, el alma. “Para mí el alma engloba todo lo que sean intuiciones. Yo meto referencias muy espirituales en todas mis canciones. No presto atención en que tengan que provocar una reacción muy concreta, yo las suelto, suelen ser estéticas y, si para alguien significan otra cosa, no pasa nada. Pero hay gente muy espiritual que me escribe porque las pilla todas y me pregunta. Hay personas que están, en ese sentido, en la onda en la que yo estoy”.

"Soy de alma libre, yo no tengo nación,
hoy no me llames, salí con el corazón en modo avión.
Volando alto, mira, me alejé del hedor.”

Y ahora qué?  (Supernova. 2019)

En ese momento un joven aparece y pregunta por la boca de metro, Rubén sale de ese tránsito en el que parece sumirle la música. “Sí, al final de la calle la tienes”. El chaval se disculpa por interrumpir, “no te preocupes”, sonríe. “Qué majo”. A estas alturas la conversación es distendida, cálida, “una charla de colegas”, que dice Rubén y me avisa, “a ver si suelto algo y se me olvida que es una entrevista”. Pero la cercanía que trasmite a expensas de este café es la de un artista que lleva años esforzándose y que ha logrado mantener un “crecimiento sólido”.  Con sus dos últimos álbumes, aquel de la rosa y el dolor con nombre anglosajón y el último, Supernova, que define como una “explosión de cosas”, la carrera musical de Zetazen pegó, dicho mal y pronto, un “petardazo”. “¿Zetazen, saliste entero? Perdona, Rubén”. Se ríe y replica. “No te preocupes, puedes llamarme ambos. ¿Si salí entero del “petardazo”, dices?”:“Sí, bueno, cuando transcriba la entrevista quito esa palabra”. Se ríe y me corrige:

“Yo creo que, en principio, hubo un boom. Me lo dice mucha gente, me lo dice mi familia… Se ve, empecé una gira, metí sexta en todos los sentidos a nivel profesional. Hay un trabajo muy técnico, no solo creativo, con el que me puse mucho las pilas. Sin embargo, no creo que fuera como el de muchos artistas que sacan una canción y lo petan. Siempre he tenido un crecimiento muy consolidado, entonces la curva se inclinó un poquito más”.

Espero no dejar nunca de hablar de mi alma en mis canciones. El día que deje de hablar de mi alma, de hacer eso, igual he de dedicarme a otra cosa, por mis propios principios.

No es baladí apuntar que este crecimiento profesional está curtido por horas de esfuerzo. Al inicio de Elegant Pain Tour Rubén estaba estudiando un grado de Psicología, “vivía bastante estresado, lo compaginaba renunciando a una de las dos, que al final era Psicología”. No obstante, el artista reconoce este momento como un punto de inflexión en su carrera musical: “Ahí empecé la gira y pensé, “mira, si hay una época en la que puedo apostar para vivir de la música es ahora”. Desde entonces estoy a full con la música (…). Es de estas cosas que identificas que es vocacional cuando es algo que, mientras lo estás haciendo, no estás pensando en que tienes que hacer otra cosa. Fue un antes y un después, me di cuenta de que soy una persona muy trabajadora, nunca había sido buen estudiante. En esa época no había mercado, no había ni un duro”.

Zetazen durante la entrevista en Madrid / © Clara Román Sánchez

Mientras Rubén habla le doy un sorbo a mi café, me había olvidado de él hasta ahora y se ha quedado insulso, a diferencia de este cielo que nos hace de cúpula y que ha conseguido desvestirse de las nubes. Recalo en su última reflexión, “¿ha cambiado mucho el mercado?”:“Yo vengo del rap. En estos últimos cincos años el rap se ha metido en la corriente musical y global de España, ahora ya está todo más mezclado. El rap ha cogido muchísimo público y sé que buena parte de mi crecimiento se debe a que ahora hay mucho más público. He cambiado el sonido, pero no forzadamente. Al final cambio lo que escucho y lo que escuchas es la manera en la que te apetece cantar lo que escribes. Ha cambiado y a mí me ha favorecido para bien, cada vez se está abriendo más”.

“Ayer canté frente a 10 mil
la canción que te envié y no contestaste.
Mi vida se resume así,
joder, me tengo que reír.”

Me va bonito (2020)

Ciertamente su estilo ha evolucionado. Quien recuerde los inicios de Presión en las alturas, cuando tenía 16 años, hasta uno de sus últimos sencillos con 27, Me va bonito (2020), percibe el cambio. Si bien a lo largo de este tiempo musicalmente se ha producido esta evolución, coexisten dos rasgos que se han mantenido de facto constantes. El primero, su esencia, el alma. El segundo se dispara en forma de pregunta: “¿Hay canciones que parecen tener un destinatario, ¿es así?”: “Suele haber un destinatario, pero tampoco son cosas muy directas”. Frunzo el ceño. “¿Por ejemplo?”:“Sextape”.  Ríe. “Esa es más explicitilla, me acabas de dar en los morros. Pero, sin ir más lejos, la de Me va bonito, esa sí que es bastante directa. Es el mood de mira qué percal y me lo tomo a risa”. En efecto, Rubén transmite la sensación de que lo sufre, lo escribe y lo canta, pero, sobre todo, lo disfruta. Al fin y al cabo, Zetazen tiene a diez mil cantando una canción que Rubén mandó y que alguien no escuchó. “Esa frase es 100% real y 0% fake. Escribí parte de la canción (Me va bonito) en el Madrid Salvaje (2019) del año pasado. Me bajé del escenario y hubo un momento que pensé eso respecto a esa frase”.

Zetazen durante la actuación de Llórame en Acústico junto al guitarrista J Heras del Madrid Salvaje. 4 de Octubre de 2019

Es la paradoja de Rubén, la musa solitaria de la inspiración le visita tras bajarse de un escenario con miles de almas al acecho y, pese a ello, cuando escribe confiesa que necesita aislarse de todo. “Si de verdad quiero que me salgan las palabras tengo que pasar una especie de estado mental y de concentración para poder llegar a un punto en el que me dé igual lo demás. Es como entrar en un pequeño trance, tengo que estar aislado, concentrado. Hay veces que puedo estar una semana concentrándome, prestándome atención a mí mismo para ver cuándo me tengo que sentar y escribir. Es un proceso como de purga espiritual en el que me tengo que desligar de todo, de los números, de las opiniones… Es un compromiso conmigo mismo de no fallarme y de entrar en ese paréntesis para escribir”.

 “Ellos mirándome a mí, yo estoy mirando al mar.
Música, mi elixir, me cura la ansiedad.
Qué diría de mí el yo de cinco años atrás.
"Si has llegado hasta aquí, entonces ve hasta el final".

Vente (2020)

La metáfora de los paréntesis resuena en mi cabeza. Por un lado, conseguir que Zetazen salga de ellos y se inmiscuya en la entrevista y, por el otro, el hecho de que Rubén los necesite para sentarse a escribir. El compromiso consigo mismo del que habla parece intacto. La velada está a punto de terminar y le pregunto por su último lanzamiento, Vente.  “Si viniese mi yo de hace cinco años o 10 atrás le da un infarto. Se sentiría muy orgulloso, porque la primera canción que grabé se titulaba Música y Alma, tenía 14 o 15 años. Si ese chaval se teletransporta a 2020, aparte de la depresión por la pandemia, ya solo viendo lo de “Medicina para el Alma” se sentiría orgulloso”.

Tras más de una hora de charla se podría dilucidar, sin miedo a equivocarse una, que el don de este artista es escribir. Escribir sobre el alma, sobre las vivencias personales y sobre el dolor y, remitiéndome a sus palabras, la condena está implícita en el don. “¿Cuál es la condena?”. Rubén reflexiona, se toma unos instantes, el café está flaco, Zetazen lleva rato de lleno con nosotros. “He de ser cuidadoso para explicarlo bien. Hay referencias en Vente cuando dice “ser agradecido siempre, aunque la fama no es sencilla a veces, no soy lo que te cuentes, ponte tú en mis zapatillas”. Yo espero no dejar nunca de hablar de mi alma en mis canciones. El día que deje de hablar de mi alma, de hacer eso, igual he de dedicarme a otra cosa, por mis propios principios. Ahora creo que cada vez arrastro una bola mas grande, la atención, la responsabilidad social, las posibles consecuencias y reacciones… Por un lado es una bendición y por otro es como una mochila que tengo que estar dejando cada vez que me quiero sentar a escribir, es como esa purga”.

Zetazen – VENTE (Video Oficial)

Y en este vaivén de inspiración, de vida y de música la entrevista llega a término. Este cielo que nos hacía de cúpula ceniza se ha terminado por despejar, es como una analogía de esa primera canción con la que empezó la entrevista, Chamartín, acompañada de un videoclip bicolor y un plano medio de Zetazen rapeando. Ahora el sol está en su cenit y pienso en Vente, en aquel plano general de Rubén en el corazón de un atardecer azafrán. Ha dinamitado los límites, traspuesto los paréntesis y todo me lleva a entrever que hasta se ha olvidado de la grabadora que ha congelado sus palabras. Pero, antes de despedirnos, una recomendación literaria. El mensaje de los sabios, de Bryan Weiss. Volví de vacaciones y le conté a mi hermana que me había leído este libro, ella me dijo que se estaba leyendo el de Lazos de Amor, nos dimos cuenta de que nos estábamos leyendo al mismo autor”.

Y, sincronías aparte, como en aquella canción de Sabina nos han dado las once, las doce y la una. “¿Cuánto tiempo llevamos?”: “Llevo dos horas de grabación”. Lo último que se escucha es la risa de Rubén al son de cierta sorpresa: “¡La una y cuarto!”. De mano de este carácter tranquilo y sureño de Rubén despido estas líneas con un Zetazen que, ahora sí, se ha saltado todos los paréntesis a ras de un café a las espaldas de Madrid.

Al final de la entrevista con Zetazen en Madrid / © Clara Román Sánchez

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