REALIDAD LITERARIA Y ESQUIZOFRENIA SOCIAL: ASALTO AL CAPITOLIO

Patricia Fernández – Madrid
18 de enero de 2021 - Madrid

¿Es posible, hablando en términos cognitivos, la distinción entre la realidad, la realidad literaria y la ficción?

El mundo actual es representado por imágenes procesadas por nuestro cerebro a una velocidad vertiginosa. Una de las nociones básicas en las escuelas de periodismo es que, en efecto, la noción de capturar y, por ende, de representar incuba la incontestable acción de manipular. El problema es que el ávido consumidor de pornografía emocional, que es en lo que se ha convertido la desidia del correveidile de las redes sociales, sea consciente de la falta de contexto, el pedazo de realidad-marco, del que las imágenes carecen.

El consumo de las redes sociales está al alza. La juventud, que dice revelarse contra el status quo, ha pasado a ser sino el pilar de una nueva forma de poder blando. Imperios de la comunicación que se yerguen sobre cerebros abducidos por lo bueno, lo bonito y lo rápido. En este marco literario que son las redes sociales el individuo no deja nunca de leer, leer y leer imágenes. Lee, o leía, las fantasías fraudulentas de Trump, el vandalismo político de Vox o la demagogia empedernida de Podemos. Al texto, escrito y visual, le falta contexto o, directamente, es una falacia esperpéntica. Y, lo que en su momento fue un síntoma de deterioro social y cognitivo, un día se hizo realidad: el Capitolio de los Estados Unidos fue asaltado por una turba a golpe de selfie.

Mientras asistía desde mi rincón al teatro de lo ridículo en el que se había convertido el “templo de la soberanía popular”, como lo llamó Thomas Jefferson, no podía evitar recordar las sensaciones al zambullirme en las páginas del mundo orwelliano o en los filmes de Fincher. Un elemento tenía siempre en claro en mis incursiones: era una ficción y, al término de la obra, abatida por la misma, era consciente de que la agitación experimentada había sido producto de la mente del escritor o del director.

Sin embargo, esta línea divisoria entre la ficción y la realidad ha desaparecido. Sin la voz del narrador artístico es la cacofonía de los políticos la nueva forma de contar las historias populistas que configuran nuestro mundo.  Pero, desaparecido el soporte físico del papel, el libro o la cinta, el individuo pierde la sensación de observar y su sentido crítico pasa a formar parte de la desidia activa de quienes narran en las redes sociales. Trump cuenta una historia, más ficcional que real, y sus adláteres se empecinan en vengarse en nombre de su Presidente.

En efecto, las redes sociales son una narración y, como tal, una literatura. La narración, basta de imágenes, se presenta a los individuos como veraz: aquella parte de la realidad a la que no tienen acceso pero que, en efecto, existe. Este axioma, en parte, tiene algo de esa veracidad de la que presume, pero precisamente la falta de contexto y el ávido instinto de manipulación de quienes narran y difunden las historias lo invalidan. O, al menos, así debería ser. Pero no es, no. Y aquella narración que debía quedar como un poso de ficción en la mente de los sujetos asume las costuras de la realidad. Una realidad, sin embargo, más bien ficcional. Más que nada, literaria.

La desidia se apiada del individuo que no entiende, al término de las dos horas, que Tyler Durden es una voz delirante y destructiva. Que los tuits de Donald Trump y sus esquizofrénicos discursos son una ficción colmada de odio, provocación y falacias. El soporte físico de la ficción, el filme, desaparece, y la turba, mareada por esa falsa sensación de realidad, se apocopa  por seguir las pulsiones del odio, la ignorancia y la destrucción en sus vidas más inmediatas.

Así, la ficción del filme se convierte en la realidad literaria de las redes sociales, cuyos usuarios llevan la narrativa hasta sus últimas consecuencias: la realidad. El espectador crítico se desliza en el consumidor esquizofrénico que quiere ser el protagonista de Orwell y la víctima de Fincher. Asaltar el Capitolio equivale a pertenecer a un club, minoritario, agresivo y desquiciado, pero flamante de ego, vanidad y condescendencia. Lo que nunca llegan estos individuos a descubrir es que, en la realidad, los golpes se lanzan al aire y la destrucción se vuelve contra ellos mismos. Por mucho que la ficción literaria de Trump les diga lo contrario. Por más que Tyler Durden parezca sobrevivir tras encañonarse a sí mismo en la boca. Y disparar.

En efecto, habitamos un mundo en el que la distinción entre la ficción y la realidad literaria es difusa, inconclusa, manida: no existe. La verborrea de las redes sociales unido a la carencia de los individuos para decodificar los mensajes genera la desidia, primero individual y después colectiva, de habitar un planeta apocalíptico. Los amantes de la literatura y de la buena ficción estamos viendo materializados los grandes clásicos. Aunque, como buenos conocedores, no sabría decir hasta qué punto es de nuestro agrado participar en una de Orwell o de Fincher. De ninguno, afirmaría.

Perdida la noción de representación, ataviada por el excelso sentimiento de realidad, el mundo atraviesa uno de sus marcos literarios más flamantes, liminales y esperpénticos. Quien sepa observar dará caza al narrador y, lo más importante, reconocerá su marco narrativo. La esquizofrenia es mejor dejarla al término del libro o del filme, pero las redes sociales continúan construyendo la realidad tras este annus horribilis. Su duración es, de momento, indeterminada. Y, mientras la ficción da paso a la realidad literaria en contra de la realidad, solo se puede estimar, esta vez sí, una máxima: Cualquier parecido con la ficción ha dejado de ser pura coincidencia.

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