PACTOS DE SILENCIO: PUERTAS A LA INTIMIDAD

Patricia Fernández 
19 de octubre de 2021 - Madrid

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“Mamá, ¿cierro la puerta?” .”Déjala, pero echa la cortina, que no entre el polvo en casa”. En mis pueriles recuerdos se cuelan las últimas puertas abiertas que llegué a reconocer en el pueblo de mi madre. A las faldas de la montaña, en un rincón de Ávila, pasé largos días de verano. No era Patricia, era la hija de Sonia o la nieta de Isabel. “¿Y tú niña, de quién eres?” Con la misma gracia que me preguntaban, yo respondía: “de mi madre y de mi padre”. Y cuando una vecina se encontraba a mi madre por la calle le advertía: “Te salió con gracia la niña, que parece granaina”.

Las puertas abiertas de las casas eran una ironía. El reflejo del sol era el justo y necesario para difuminar cualquier atisbo de intimidad. Así pues, no había muchacha o muchacho en el pueblo que las traspasase sin el permiso de sus respectivos dueños. Con estos rituales se vivían los amores. La lozanía de la juventud y el misterio del erotismo por descubrir el cuerpo ajeno dibujaban el deseo como un marco de posibilidades infinitas.  Una se imbuía primero de la idea del muchacho antes que de disfrutar al susodicho en sí. El misterio del encuentro vaticinaba el concepto del asalto. Cuerpo a cuerpo. De este modo, las puertas abiertas, el “¿tú de quién eres?” y los amores clandestinos encajaban en una suerte de ecosistema en el que los rituales dibujaban la vida. Le daban color. La hacían apetecible.

Con el paso de los años las visitas al pueblo se redujeron. La ventana desde la que me asomaba a la vida no dejaba entrever ninguna puerta abierta. Las compañías de alarma y sus “asusta abuelas” se encargaron de que toda protección “para tu hogar” fuese poca. Las puertas se cerraron. Los vecinos dejaron de hablar. A mí me conocían por mi arroba en las redes sociales y los amores clandestinos se subtitularon a golpe de selfie. A la par que las puertas de las casas se cerraban sus habitantes abríamos una intimidad que hasta entonces, en aquellos pueblos, era impenetrable. Aquella intimidad que la sombra justa del sol nunca me dejó entrever cuando era una niña. Así, las puertas se convirtieron en una suerte de algoritmo que reproducía de forma nítida las vidas ajenas. Las camas de mis amigos. Las rupturas de desconocidos. La lencería de la vecina. O los abdominales de aquel al que nunca me atreví a saludar. El polvo, en definitiva, se metió en nuestras casas.

Las llaves, aquellas que custodiaban simbólicamente la intimidad, desaparecieron. Se volvieron inútiles, porque la vida privada era ahora una gran mirilla a la que cualquiera podía asomarse. Y juzgar. Y las personas, de pronto, despojamos la vida de todo tipo de ritual. Los amores, ahora líquidos, ya no se sostenían por el pacto del silencio y la pasión compartida. Y desaparecido el ritual, se desvanecieron los cuerpos. Banalizado el misterio, se diluyó el deseo. Y flagelada la duda, la certeza derribó a la conjetura.

Hasta una noche de verano que me pilló desprevenida. “Es nuestro secreto, no lo puede saber nadie”, afirmó. “Querido, más interés que tú, tengo yo. Puedes estar tranquilo”, respondí. En un trato entre adultos firmado en un apretón de manos y seguido de un beso a ras de Gran Vía, mis 23 se toparon con la inercia de mi adolescencia. De pronto, mi puerta se abrió, pero esta vez el polvo no se iba a colar. Aquel muchacho tenía unos cuantos años más de los que “la hija de” se habría imaginado nunca. Pero el pacto de silencio implicaba un ritual, un misterio y un acuerdo. La única certeza en la que se debía sostener ese amor era en la constancia de la clandestinidad. Nunca debía ser visto por los consumidores de vidas ajenas en los que nosotros mismos nos habíamos convertido. Jamás debía ser intuido por los amigos con los que celebrábamos nuestros logros. Y, sobre todo, no debíamos dejar entrever ningún tipo de apariencia que alentase las sospechas. Era un pacto firmado de cara a la madrugada y a las espaldas del mundo. Por esta razón, sería una pasión encajada en los límites de los cuerpos físicos y en el vuelo del deseo compartido.

En ese instante experimenté de nuevo un amor que me devolvió a la clandestinidad con la que el erotismo juvenil era consumido. Los ojos que me miraban ya no me veían con el arroba de Instagram, si no con las cualidades del “nieta e hija de” que me otorgaban las confidencias compartidas. El secreto con el que el encuentro se sostenía alimentaba el estoico pacto. “Nadie debe saber” y “esto nos pertenece solo a nosotros” descartaba un amor gris, anodino. Y regresaba a mí aquella voluntad de la juventud con la que jactaba a aquellos a los que había amado. El secreto convirtió lo sucedáneo y banal en un erotismo indescriptible. Y la resaca del beso dejó al cuerpo maltrecho durante días. La idea, el concepto, el misterio hicieron que mi mente y mis estrategias sucumbiesen. Es la pulsión del deseo. Me dije.

La llovizna empañaba mi cabello. Pensaba que mi melena perdía atractivo cuando la humedad se entrometía y le hacía brotar con un volumen poco natural. A él decía encantarle: “Te hace bruja”. Yo agradecí el gesto y con la noche en los ojos, me despedí. Comencé a caminar Gran Vía abajo y a divagar sobre aquella joven que tantas noches había pasado imaginando los romanes de Lorca.

Las puertas de la calle, todas cerradas, disolvían los recuerdos de mi juventud. No quedaba un alma en la calle, y ella toda vacía, me dejaba a merced de mis pensamientos. Las puertas abiertas, la intimidad privada, el polvo que se quedaba en los patios, ser la niña de los ojos de mi abuela y que mis amores se encajasen en la clandestinidad era un espejismo. Per qué delicia, en aquella noche compartida, un pacto de silencio volviese a abrir una puerta a la intimidad.

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