Juan Pinilla: “Yo canto para la gente que sufre, si no ¿de qué sirve el arte?

Patricia Fernández 
31 de octubre de 2021 - Madrid

El cantautor de flamenco Juan Pinilla es natural de Huétor Tájar, un pueblo agrícola de la Vega de Granada del que aún recuerda el aroma del río regado por las choperas, los espárragos y las huertas. De su infancia destila la libertad jugando en la calle, el flamenco de su abuela paterna y las lecturas de Paco Umbral. Hijo, nieto y hermano de familia trabajadora, tiene muy presente el asesinato de su abuelo paterno republicano represaliado tras la Guerra Civil y el fallecimiento de su abuelo materno tras caer en la obra. A él le dedicó el Premio Lámpara Minera en 2007 que marcó el inicio de su carrera artística.

Casi quince años después, seis discos publicados, un libro y decenas de países a sus espaldas, Juan Pinilla acaba de publicar su séptimo álbum, ‘Humana Raíz‘. En él convergen todos estos afluentes en un río que, sin ser el de su infancia, suena calmado y con gracia. “¿Esa alegría que tú tienes, es tuya o es de Andalucía?”, inquiero antes de empezar la entrevista. “Es una alegría de siglos que está incrustada en el alma de los andaluces. No es siempre así, porque luego uno tiene en su corazón las penas. Pero no llegas con ellas a los sitios, llegas con la alegría que forma parte de la diplomacia”. Juan se reacomoda en su silla, faltan escasos minutos para que salga a cantar en las Fiestas del Partido Comunista en Madrid y el sonido de la flauta, el saxo y la guitarra de los músicos que lo acompañan se cuelan en su camerino.

Está a punto de actuar, pero se siente tranquilo. “Ahí arriba me siento completo”. Y aquí, en el camerino, admite ser un artista “totalmente alejado de rituales y manías” que no marca distancias con “el ser humano que hay allí arriba”. Pese a los países y la gente, Juan siempre vuelve, como Chavela Vargas, a ese “viejo lugar donde amó la vida”, su pueblo granadino. No olvida sus referentes, Las niñas de los Peines, Carmen Linares  y Manuel Vallejo, donde está “la esencia y el cáliz del flamenco”. El tiempo apremia, Juan sonríe, el sonido del saxo se cuela y este rincón de Madrid se transforma por unos minutos en aquel pueblo de la Vega de Granada.

Juan Pinilla en el camerino / © Patricia Fernández

P – ¿Qué tal estás, Juan?

JP – Dentro de lo que cabe no estamos mal. Siempre dice uno: ¿Comparado con quién?

P – ¿Con quién te comparas tú?

JP – Nunca me he comparado. Ni siquiera desde pequeño, cuando veías cómo los niños se picaban tanto porque se comparan unos con otros. Yo siempre he sido muy observador y he dejado que los demás se pongan sus propios límites.

Andalucía la puerta de todos los continentes.
Mi madre naturaleza, Andalucía hermana,
patrona de los rebeldes y de los pueblos capitana.
Andalucía defiende tu patria de libertad, la esencia de tu gente.

Andalucía, Humana Raíz

P – Comencemos esta entrevista en aquella infancia en Huétor Tájar, en tu Granada y tu Andalucía. ¿Cómo eran estas raíces?

JP – En mi infancia lo único que se movía era el río, la gente era bastante sencilla, humilde y trabajadora. Yo nací en una familia de clase obrera y descendiente de perdedores de la Guerra Civil. Tengo ese bagaje cultural y político por parte de una familia represaliada. Mi padre había estado en la lucha clandestina y, por otro lado, de mi abuela paterna tengo el flamenco. La música, el flamenco y la lectura estaban muy presentes. Me crío y estudio en un colegio público, en esa libertad que te da la calle y trabajando, como todos los niños de mi edad, ayudando a mi padre en la construcción.

P – ¿Te acuerdas de cómo sonaba ese río y el canto de tu abuela?

JP – Claro que me acuerdo. Yo soy mucho de conectar y de volver. Aunque he vivido fuera muchos años estoy en mi pueblo los fines de semana. Por eso guardo muchos recuerdos que entiendo que, si estuviera allí viviendo, no los tendría tan en cuenta. Ese olor del río, que todavía sigue siendo pequeño, nada que ver con el río que hay por Córdoba y llegando al Guadalquivir… Ese olor me lleva hacia atrás. El aroma de las choperas con las sombras, los espárragos, las huertas… todo eso me retrotrae. De alguna manera hay algo de ese paisaje en el cante y en el cante de mi abuela del que todavía me acuerdo, aunque yo tenía cuatro años cuando ella murió.

Juan Pinilla con el guitarrista David Caro y el saxofonista Sergio de Lope antes de actuar /  © Patricia Fernández

P – Años más tarde comienzas a estudiar Traducción e Interpretación y trabajas en La Opinión de Granada. ¿Cómo se conecta aquel joven estudiante con el hombre y cantautor de hoy?

JP – Yo soy tan aficionado al flamenco que poder de pronto entrevistar a La Paquera de Jérez o Chano Lobato, que los había visto de niño en la tele, me llenó. Estaba trabajando, ganaba dinero y me pagaba los estudios, hasta que uno de mis mejores amigos, Raúl, me apuntó a un concurso. Lo gané y a partir de ahí me empiezan a llamar. A mí me daba como vergüenza que me llamasen para cantar y comencé a alternar las actuaciones con el periódico. Hasta que en 2007 gano la Lámpara Minera y prácticamente dejo de escribir, ya no hago críticas ni crónicas porque no puedo estar en los escenarios y hacerles críticas a mis compañeros. No es estético.

P – ¿No es estético o no es ético?

JP – Ni ético ni estético. Pero sí es cierto que yo quiero que el flamenco se quite todos los complejos que tiene. Conocí a grandes escritores como Umbral, Saramago o Simone de Beauvoir que hacían críticas literarias. Con lo cual, ¿por qué no puede hacer uno críticas de flamenco? Eso es una cosa y otra es hacer crítica a un espectáculo de compañero que luego lo vas a ver.

P – En estos viajes cada vez estás más lejos de Andalucía. Con este último disco te acercas de nuevo a ella a través de las canciones. Pero, además, pones el énfasis en este mundo obrero. ¿Qué papel tiene el arte con la realidad social?

JP – Tendríamos que hacer un discurso casi marxista, empezando porque el arte es apartidista, pero nada es apolítico porque todo está sujeto a una concepción ideológica. Por lo tanto, el arte siempre se desarrolla dentro de unos parámetros ideológicos, sociales y culturales que tienen que ver con la ideología. Lo que sucede es que la palabra política está muy prostituida y por eso hay que incidir en ese sentido. Cuando me subo en el escenario tengo la posibilidad de ayudar al sensibilizar conciencias y corazones. Yo no hago discurso político, pero canto a la realidad. No puedo estar cantando a mi gitanita de las candelas porque eso ya no existe. Yo canto a la gente que sufre, gente que ha perdido el trabajo, que está en el paro, que tiene problemas para darle de comer a sus hijos… Si no, ¿de qué sirve el arte si está muerto, en las nubes, las estrellas  o el platonismo idílico? El arte tiene que ser de la calle, del día a día.

Juan Pinilla antes de actuar con un admirador /  © Patricia Fernández

P – Dices que el arte es apartidista pero las figuras culturales son empleadas con fines ideológicos por parte de distintos partidos políticos. Por ejemplo, Lorca es utilizado tanto por la izquierda como icono como por la derecha como eslogan.

JP – Lorca está politizado absolutamente. En ese sentido, la utilización por parte de la derecha, sobre todo en Granada, que son los herederos de los asesinos de Federico García Lorca, es algo tremendo y terrible. Hasta qué punto llegan a enturbiar la historia al decir que a Federico no lo mataron por sus ideas políticas ni por su homosexualidad cuando ya se han desclasificado documentos que explican que fue por su orientación sexual y política. Se decía que lo mataron por problemas de familia y otras historias para desvirtuar la historia según el relato de los vencedores, que es lo que se está intentando. Federico es patrimonio de la humanidad, pero sí entiendo que la izquierda lo sienta como uno de los suyos porque murió defendiendo unas ideas. Igual que Miguel Hernández y los poetas que se fueron al exilio, como Alberti. En definitiva, la nómina es extensísima.

P – Además de Lorca en ‘Humana Raíz’ aparecen otros muchos de estos artistas como Chavela Vargas, Nietzsche….¿Cómo dialogas con estas figuras culturales y con su obra?

JP – Hay un diálogo que fluctúa en el ambiente cuando escucho la música de Chavela Vargas, Violeta Parra, Tom Waits… que todavía vive. Con todos ellos hay un diálogo y una comunicación. Lo que ellos me cuentan lo traduzco a mi lenguaje y después lo llevo a mi terreno para cantarlo y sentirlo en los escenarios. Sobre todo porque hay mucha empatía. Es verdad que hay un diálogo entre lo que ellos te cuentan y lo que tú escuchas y percibes. Para mí es fundamental, tanto mi influencia en el mundo del flamenco como lo que yo he escuchado de estas personas que tienen tantas cosas que decir y cuyo arte transfiere fronteras y límites.

El arte es apartidista, pero nada es apolítico

P – En ese caso, en estos momentos, ¿con qué artista estás hablando?

JP – Me ha marcado mucho Paco Umbral gracias a mi mejor amigo de la infancia y a él le marcó gracias a su abuela. Umbral hace que yo despierte de pronto en mi pueblo y me dé cuenta de que hay un mundo de colores, olores y sensaciones que se despierta a través de la literatura de Umbral. A través de ella me abro a la música, a otros autores y despierta una sensibilidad que yo creo, si no le hubiera descubierto, hubiera sido mucho más básico de lo que soy. El despertar del flamenco hubiera estado, pero el despertar al mundo que me dio la literatura de Umbral no. Te habla de Baudelaire, de Federico, de  Miguel Hernández y te vas a ellos. Esa curiosidad que yo tenía desde niño por todas las cosas y por el saber me fascina. Umbral me sigue todavía a día de hoy influyendo bastante.

P – Antes de que te tengas que ir a cantar, quiero volver a Granada para terminar. ¿Uno siempre vuelve a Granada?

JP – Sí. Chavela dice en una canción de César Isella, “uno siempre vuelve a los viejos sitios donde amó la vida” y ‘Balada del que nunca fue a Granada’ es un poema de Alberti  de la primera vez que vuelve a Granada después de que maten a Federico. Sí, yo siempre vuelvo a los viejos sitios donde amé la vida. A Granada y a Huétor Tájar, pero los pueblos y los lugares los hace la gente. Granada es hermosísima porque sus habitantes lo hicieron así, que tan habitantes y tan granainos eran los nazaríes como los que vinieron después. Granada es el remanso de paz donde yo estoy a gusto, es mi tierra. Casi todos mis compañeros volaron a Madrid y a Sevilla, pero yo no he tenido nunca esa necesidad. Quizás tampoco la vanidad suficiente para pensar en que me quiero hacer un tío súper famoso. Yo quería que, lo que me viniera, lo pudiera hacer desde Granada. ¡Como hay aeropuerto, lo puedo hacer todo!

Juan Pinilla firma su libro, ‘Las voces que no callaron’ /  © Patricia Fernández

P – Juan, ¿un libro de cabecera?

JP – ‘Una historia del flamenco’, de José Manuel Gamboa. De la literatura me fascina ‘La Montaña Mágica’, de Tomas Mann. De Dostoyevski lo que quieras, como ‘Crimen y Castigo’. O Simone de Beauvoir y Sylvia Plath. Virginia Woolf es una experiencia. Hay autores increíbles, pero es que los libros dependen del momento en el que tú te sientas.

P – ¿En qué momento estás tú?

JP – Yo estoy en un momento de lector empedernido y de llevar cinco libros por delante. Estoy leyendo un libro que me regaló Sergio Antoranz, ‘Mañana no será un libro cualquiera’, Sergio nos pone a leer. Estoy con Freud, con ‘El Jugador’ de Fiódor Dostoyevski, con los libros de flamenco y una biografía de José Díaz. Nutriéndome de libros de flamenco para seguir escribiendo mis investigaciones.

P – Mil gracias, Juan.

JP – A ti, Patricia.

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